5 de noviembre de 2008
28 de febrero de 2008
3
Sentí nostalgia de mi propia muerte nada más nacer. Busqué el volumen del grito y la discreción del silencio, esos que sueñas. Busqué sumarlos; pero al final la medida de mi voz fueron reflejos. Resquebrajados y moribundos.
Arrebatados; y, a veces, ni siquiera tuyos.
Nostalgia.

De cuando aún creía que podía ser persona antes que personaje. Que en estos parajes cenicientos, lo uno es la cumbre y lo otro es el escombro de uno. Por eso te robé la voz, y por eso me dejaste hacerlo.
Pero ambos tuvimos remordimientos. Quise morir porque nacido iba muriendo poco a poco, y las agonías no solo duelen; también hacen daño. Así hemos acabado, los tres: buscando los cubiertos y la vergüenza, y vomitando la cena y el orgullo.
Hoy, porque tiene que ser hoy, me doy por vencido. Convence a tus dedos de volver por el origen de mis reflejos. Ellos lo valen; yo no.
Por último, no olvides decirle que lo siento en el alma. Aunque le suene a propaganda.
Espero que algún día te perdones.
Hasta entonces.
26 de febrero de 2008
EN-JUGANDO LÁGRIMAS (IV)
El teléfono ni se inmutó cuando el aire vibró y se supo en la casa vacía que alguien lo estaba llamando. La puerta de la habitación se abrió con estrépito. Antes de descolgar, se preguntó un instante si le convenía hacerlo. Volvió a sonar el teléfono.
―¿Sí?
Temblaba de pies a cabeza. Sabía quién era, lo sabía perfectamente.
Se sentó en la cama y apoyó el codo en la rodilla intentando disimular su agitación. ¿Dónde mirar?
―Yo bien, ¿y tú?
Pensó en la mentira que acababa de decir, y en el miedo que le daba saber la respuesta a lo que acababa de preguntar. Se dio un respiro para su próxima intervención.
―Me alegro.
Sabía lo que venía después. La corrección a la respuesta. Los silencios incómodos. Los...
―...no sé.
Las penas, los lamentos; las cosquillas al desaliento, que hacían de todo menos gracia, y no alentaban más que a colgar.
Pasó su mano izquierda por la cabeza, intentando peinarse la calva. Se fijó en el teléfono.
―Ya... no sé qué quieres que te diga que no sepas ya. En fin...
El teléfono: siempre tan tranquilo y tan impasible el dichoso aparato... ¡Ja! Qué gracia: el dichoso aparato. ¡Ja, ja!
―Bueno... todo esto ya lo hemos hablado.
Se arrepintió nada más decirlo. Se pasó la mano por la cara. Sudaban la cara y la mano. No había escapatoria. Con los ojos cerrados...
―Sí, tienes razón. Lo siento.
...se la imaginó en el teléfono. Quizá en un sofá, sentada, jugando con el cable, buscándole en la alfombra del salón...
―¿Sí?
...esculpiendo algún rizo en su pelo liso; mordiéndose las uñas, como hace siempre...
―A ver, cuéntame.
...o puede que tumbada sobre la cama, con una pierna arqueada y la otra estirada; o acurrucada de lado, en un ademán de que las ondas sonoras que salían del auricular no fuesen a parar a otro sitio que no fuese su oído.
―Vaya... creo que, justo en ese momento que dices, yo salía de casa, sin saber muy bien si miraba al suelo o a tu recuerdo.
Se la imaginó deteniendo sus rizos, o soltando el cable, mirando el blanco del techo fijamente, o la esquina de la alfombra. Sonrió. Luego pensó en lo que estaba haciendo. Y luego pensó en que prefería eso a tener que discutir otra vez.
―Sí, claro. Entonces la próxima vez no te digo nada, ¿no?
Volvió a sonreír, echándose las manos a la cabeza. No había escapatoria.
―...Oye, llevamos 20 minutos ya hablando. Tengo que estudiar. Es hora de irse, ¿no?
Después de colgar, cogería los libros.
―Ya, pero el deber es el deber.
Estudiaría toda la noche.
―Venga, cielo. Ya nos vemos.
Se pondría en la mesa, con los libros, y a estudiar.
―Un beso.
Nada lo interrumpiría.
―Adiós.
Y colgó el teléfono.
La habitación se llenó de un inopinado silencio, largo como el pasillo, como el recuerdo. La cama le resultó blanda, el aire insípido. La mesa de enfrente sostenía unos libros dispersos y hojas sueltas. La puerta estaba abierta.
Miró al teléfono, con una mezcla de odio y envidia. El dichoso aparato...
―Mal rayo le parta a Bell.
Se sentó frente a sus apuntes, consciente de que por mucho que quisiera y lo intentara, su voz y su recuerdo iban a volver a la habitación, con telefonazo o sin él.
Volvió a echarse las manos a la cabeza.
[―Yo bien, ¿y tú?]
Hay que ser mentiroso y poco precavido...
[todo esto ya lo hemos hablado]
Era verdad.
[Cuéntame]
¡Craso error! Maldito imbécil, quién te manda a ti meterte en semejantes berenjenales...
[...al suelo o a tu recuerdo]
Yo ya no los distingo. Y esto también es verdad.
[el deber es el deber]
Es justo en estas ocasiones cuando el deber, por muy deber que sea, es lo que menos me interesa.
[Un beso]
Un beso... No había escapatoria.
¿Por qué había llamado?
16 de febrero de 2008
FORLIVESE VII
La experiencia de estudiar en el extranjero durante un año no puede generalizarse bajo ningún punto de vista. Muchos vienen a otro país a profundizar en las nociones de una nueva lengua, pero también hay quien se aferra a la suya, por incompetencia, por manía o por pereza. Muchos salen para conocer otra cultura, pero también hay quien lo hace para olvidarse de la propia. Muchos viajan para encontrar otra gente, pero también hay quien viaja para huir de alguien. Muchos van a hacer locuras; otros a encerrarse. Y estos ejemplos solo se refieren a los motivos.
Durante la estancia, uno puede encontrar la forma de vida que llevaba soñando, o el modo de vivir que menos pretendía. A veces, el año forastero se convierte en un delirio social; otras veces termina siendo un año en pause. Sea como fuere, en el mayor número de casos hay un poco de todo, y bastante de algo concreto.
Mi caso particular no es ninguna excepción. Aquí, en Forlì, de lo que hay bastante es de monotonía. Los días se derraman, unos tras otros, y ni gobiernos acabados en Roma ni vertederos sonoros en Nápoles parecen atañer en absoluto a este pueblo grande (ciudad, según sus habitantes) de la Romaña. Soy incapaz de imaginar aquí una fiesta por la consecución del mundial de fútbol. No imagino una manifestación por una subida de las pensiones. Ni siquiera me imagino un grupo de estudiantes borrachos abriendo la niebla de piazza Saffi, ni tampoco una mujer guiando un grupo de japoneses al pie de la Madonna del Fuoco. Yo vengo de Madrid, y aunque ninguna de estas cosas apenas referidas me entusiasme, debo de estar demasiado habituado a ellas; hasta el punto de afirmar que aquí, en Forlì, no pasa nunca nada.
La iniciativa ha de salir de dentro, y el entusiasmo hay que creárselo, luego creérselo y, por fin, vivirlo, y compartirlo si se quiere. No obstante, es inevitable frecuentar, sobre todo al principio, las mesas silenciosas, los balcones cerrados y los pórtico vacíos. Uno, que es más de ciudad que las alergias primaverales, procura remediar el silencio con la caja tonta, abrir el balcón al frío matutino o telefonear mientras camina por el porche.
En la búsqueda de esa quietud nerviosa (por llamarla de alguna manera) una amiga puso por casualidad en mis oídos una melodía casi tan solitaria como las calles de Forlì. Una hora de piano, ni más ni menos, que iba a conseguir barnizar inopinadamente la soledad de los días.

“I giorni” se llama, precisamente, el disco que Ludovico Einaudi compuso mientras veía resbalar en el cristal de una ventana los mismos días que ardían en la arena de su querida Mali. Su nostalgia se asienta en la imaginación como lo puede hacer el pianista en la silla, sin saber qué tocar exactamente. No es elaborado el disco, las melodías no sufren grandes cambios, y el tono general es más bien melancólico, casi taciturno (¿monótono?). Parece el producto de una persona que añora y que, en lugar de pegar su hombro a la pared y ver de lado el transcurrir de los minutos, se sienta frente a las teclas del piano y toca éstas de aquí ahora, luego aquéllas, más tarde ésas otras; como entretenido en su recuerdo.
No es una obra maestra el resultado, ni tampoco una compleja fuente de emociones. No peca de pedantería ni de excesiva ambición; de hecho, casi pide no ser escuchada. Prefiere sonar en salones vacíos o en desvanes empolvados. Sin embargo, al final, es en esos momentos en los que uno trabaja solo, en los que uno barre en silencio la habitación, o recoge la cocina pasada la medianoche, o mira derramarse los días... momentos en los que uno es soledad y poco más; cuando un piano igual de humilde y solitario acompaña y armoniza una actividad tan macilenta como lo es recordar.
Con la ventana de los sueños entre las cejas jornaleras, uno mira, escucha, piensa en los días. Los ve caer como el manto de una noche sin viento.
Hasta que se le hace tarde a la nostalgia. Se unen memoria y melodía. Y, a veces, sin que uno se dé cuenta, amanece de pronto.
11 de febrero de 2008
NOCHES INSOMNES
Dormir no debería
gustarme tanto.

Sólo aplaza la lucha;
retarda el llanto
que emerge del abismo
donde peleo a muerte
conmigo mismo.
4 de febrero de 2008
3 de febrero de 2008
2 de febrero de 2008
1 de febrero de 2008
31 de enero de 2008
30 de enero de 2008
29 de enero de 2008
21 de enero de 2008
FORLIVESE V
L'assenza, oltre ad altri sentimenti, non ha radici. Viaggiando, solo la si porta col viaggiatore, diventando ancora più pesante. Il viaggiatore ne deve farsi carico, da solo.
[Traducción en comentarios]
15 de enero de 2008
UN ACTO DE PRE-ESENCIA
Puede que sus hombros engañen, que el mar nunca haya bañado sus contornos o que el viento entienda de cabellos más largos que los suyos, pero esta mujer que no consigo ver se llama Valentina; de eso estoy seguro.

Cuenta veintitantos en su cuenta corriente, que, dicho sea de paso, no da para mucho en lo que a economía se refiere. Los caprichos del destino (o del banco central) han hecho que sea vecina de mi doble; a veces, también, es vecina mía. No la veo, sin embargo, muy a menudo. De hecho, solo la he visto tres veces, todas ellas en 24 horas: la tarde y la noche del primer día y la mañana del segundo.
Conseguí saber que es de piel clara, que lleva gafas y que aunque no me parece guapa tiene una bonita sonrisa. Sé que sus ojos no miran al sol más que cuando puede mirarse sin quedarse uno ciego, y sé que su boca solo denota su región de origen cuando está segura de lo que va a afirmar.
Dije que en su cuenta no abundan los ceros, y es cierto; pero ello no quita que su haber personal pueda, tal vez, valer su peso en oro. Ella, en cambio, jamás lo pensará. Ella lee, escucha, mira, y, de vez en cuando, escribe las conclusiones que no dice al pie de una fotografía. A veces se autodestruye a sí misma al revelarlas; a veces las comparte con los demás, sin más; a veces hace las dos cosas a la vez, y a veces ninguna. Nunca lo sabes exactamente porque nunca te lo dice ni te lo hace ver.
No destaca en nada en particular, ni se suele alterar, ni brilla con luz propia en ningún tema, ni aspira a ello. No presume de nada, y habla de sí misma con la misma modestia con que opina sobre un tema en el que sabes que te supera, aunque no lo parece. Se pinta en tonos mates con propensión a la sombra. Por eso, seguramente, le gusta más el otoño que la primavera. Quizá también por eso prefiere que una ciudad sea pequeña y que un pueblo sea grande.
Su pasado es fuerte, pero nunca desequilibra la balanza contra su futuro. Su presente es estable aunque puede rugir por dentro, y sólo te deja ver sus miedos cuando... bueno, en realidad no sé cuándo te los deja ver.
A decir verdad, tampoco conozco nada de su pasado. Solo sé que encontró al amor de su vida en un viaje, y lo comprobó más tarde; y que un día abrió por casualidad un libro que hablaba de su futuro y lo cerró de golpe, para no volver a saber nada más de él.
De todas formas, aunque sólo conozca su perfil y su silueta, sé que, en el fondo, es una buena persona. Se llama Valentina, de eso estoy seguro.
Aunque, no sé... puede que también me equivoque.
6 de enero de 2008
FORLIVESE IV
A mí siempre me ha apasionado conocer las historias de los demás, los recovecos de las vidas ajenas, las vicisitudes y los miedos de todo ser humano que tuviese cerca.
No me considero ningún filántropo modélico. Tampoco quiero esos datos para presumir ante nadie ni para otro fin que no sea el de enriquecerme personalmente, y, si puedo, enriquecer a la otra persona con las pocas cosas decentes que sepa opinar. Al final, son esas vicisitudes y, sobre todo, esos miedos, los que permiten conocer en profundidad a las personas. Son los elementos que mueven la mayor parte de las acciones importantes en una vida, los que generalmente dan a la existencia una dirección y un sentido.
Sin embargo, en los últimos meses me he dado cuenta de que hay otro factor que es esencial para completar el retrato de una persona. Por mucho pasado, presente y futuro que seamos o podamos ser, los recuerdos tienen una influencia y un poder de convicción que puede llegar a superar incluso al de los miedos.
No pretendo inventar la pólvora con este discurso, ni mucho menos. Esto que digo forma parte de unas conclusiones extraídas de algunos hechos más o menos impactantes a lo largo de este tiempo.
Uno de estos hechos fue el que tuvo lugar a la salida del Duomo de Módena, a principios de noviembre del año que acabamos de dejar.
Después de un cuarto de hora en el interior de la catedral, serpenteando entre la multitud que la abarrotaba, admirando su curiosa (y torcida) arquitectura y silenciando lo mejor posible los agudos de mi cámara fotográfica, salimos a la calle para continuar nuestra visita de la ciudad.
Nada más recibir la luz quebrada de la tarde en la cara, me fijé por casualidad en una señora mayor que caminaba torpemente en dirección a la iglesia. Lenta, encorvada y ayudada por un bastón, llegó no obstante decidida hasta la fachada. Se detuvo a la izquierda de la puerta de acceso y, sin prestar la más mínima atención al sermón del interior de la iglesia ni al jaleo de la calle, liberó su mano derecha del molesto apoyo y tocó espiritualmente, entre los andamios para la restauración, la piedra de la catedral.
Su joroba se acentuó, agachó la cabeza y empezó a emitir al aire unos susurros ininteligibles.
Sentí un escalofrío, que atravesó la espalda pero no pudo desviar mi mirada de la escena. Esa anciana estaba sola y en malas condiciones; pero una fuerza mucho más poderosa que su salud física la había llevado a ir hasta el Duomo, tocarlo y rezar una plegaria, Dios sabe por qué motivo, con qué propósito.

Quedé petrificado por unos instantes. La visión de la mujer me había robado los sentidos y el pensamiento, y sólo tenía cuerpo y alma para ella, aunque no estuviese invitado ni por asomo a un momento tan íntimo. Cuando recuperé un poco mi presencia de espíritu, saqué rápidamente la cámara e hice una foto, que sirviera únicamente para recordarme exactamente lo que vi aquella tarde. A los pocos segundos, la mujer calló, se dio la vuelta y retrocedió sobre sus pasos con la misma torpeza.
El modo de la cámara estaba en blanco y negro; ni siquiera había tenido tiempo de cambiarlo después de la foto anterior (que es, precisamente, la “velada” que aparece en la última entrada). Creo que, inconscientemente, hice bien en ese punto: el blanco y negro siempre deja un aura de pasado en las fotografías, por muy actuales y modernas que sean.
Quizá a esta anciana era un recuerdo del pasado el que la llevó a hacer lo que hizo. Un difunto, quizá. Tal vez una plegaria por los hijos, los que jamás la llevaron a la catedral; un rezo para que todo les fuera bien, estuvieran donde estuvieran. O para pedir perdón por algo que hizo. O por algo que dijo. O que no dijo.
Quién sabe.
De todos modos, me puso triste pensar en sus motivos. Volvió a demostrarme lo extraordinariamente fuertes que pueden llegar a ser los recuerdos.
Y tuve miedo.
28 de diciembre de 2007
SOBREVIVENCIAS

Gaíz Maldonado sabía lo que tenía que hacer a esa hora de la noche. Con toda la calma del mundo, llevó a cabo las tareas correspondientes. Calentó el agua en el fuego. Cogió de la cajita un sobre de manzanilla. Puso una cucharada y media de azúcar en la taza. Vertió el agua humeante. Añadió unas gotas de zumo de mandarina. Dejó caer, verticalmente como de costumbre, el paquetito de manzanilla en el interior de la taza. Con la cuchara, movió el contenido lentamente, casi con fruición, como quien lleva a cabo una rutina en la que se regocija. Tras unos momentos, Gaíz Maldonado soltó la cuchara y se llevó tranquilamente la taza a la habitación para colocarla con cuidado sobre la mesilla de noche.
Todo estaba listo: el flexo, de espaldas a la cama, daba a la alcoba una luz comedida y quebrada, exacta. Sobre la mesa, el equipo de música mantenía en «pause» la canción de siempre. La cama estaba perfectamente hecha, y sobre ella Gaíz se tumbó, con parsimonia. De la mesita en que se apoyaba la cabecera del lecho, abrió un cajón y sacó un mando a distancia. Con un movimiento automático, su pulgar presionó una tecla, y la habitación se inundó de pronto con una canción, de sobra conocida.
Gaíz Maldonado dejó el mando sobre la mesilla y, tras beber un poco de la manzanilla, se recostó en la cama, con los ojos cerrados, sin cambiar la expresión sosegada y apacible de su rostro. Las manos cruzadas sobre el pecho, las piernas arqueadas, Gaíz se dedicó exclusivamente a escuchar la melodía, a sentir, y a recordar.
La canción le llevaba por los mismos parajes por los que le había llevado la noche anterior, y la anterior, y la otra… Gaíz Maldonado, no obstante, no parecía mostrar signos de cansancio, ni de aburrimiento. Su espíritu se revelaba prudente, calmo, sereno en cada una de sus manifestaciones. Su alma se contentaba con la repetición continua de una misma melodía, noche tras noche. Lo normal era que, después de la séptima o la octava reproducción, Gaíz se levantase con idéntica quietud a la que adoptó para acostarse, apagase el equipo de música, llevase la taza vacía a la pila y fuese a leer, o a dormir.
Aquel día no cambió la rutina. Unos cuarenta minutos después de tumbarse, Gaíz se alzó tranquilamente y realizó la misma operación. Su semblante era el de alguien extremadamente introvertido; el de una persona que en su habitación, con su canción y su manzanilla, encuentra la paz que necesita; era el rostro de quien olvida recordando, de quien quema memorias de la misma forma que se queman canciones de tanto oírlas.
Eso decían sus allegados más lúcidos; aquellos que sabían, o creían saber, algo sobre su pasado o su presente. Estos allegados, desde que empezó a comportarse de ese modo, se dieron cuenta de que los consejos que pudiesen darle serían fútiles, de que su apoyo no bastaba, de que la capacidad que pudieran tener para comprenderlo y ayudarlo resultaba siempre insuficiente.
Gaíz Maldonado terminó solo; completamente solo. Había bastado una experiencia, una sola, para ahuyentar a todo su entorno, y hacer que se escondiese en un caparazón del que me extraña que salga alguna vez. Porque Gaíz lloraba por las noches, vivía atormentado, y no veía luz por ninguna parte. Lo único que descubrió, después de muchos sufrimientos y esfuerzos por superarlos, fue que recordar era precisamente lo único que canalizaba su angustia.
Gaíz Maldonado vivía de recuerdos, y cuando asumió en toda su crudeza este hecho, y lo inevitable de seguir cayendo en ellos, sólo supo superarlos de una forma: maximizándolos. Llevó su memoria al paroxismo, de modo que ésta fuese tan ideal que sobrepasase los límites de las sensaciones y los sentimientos humanos; que no fuese del mundo real.
Así lo hizo.
Así lo ha hecho, y lo hace todavía. Todas las noches, a la hora del recuerdo, Gaíz se prepara la misma manzanilla de la noche anterior; sobre la misma cama, con la misma postura, escucha una y otra vez la misma canción; aquella canción que le lleva al recuerdo; un recuerdo que, en el pasado, le torturó, y ahora le consuela; le consuela porque está maximizado, desfigurado, y Gaíz Maldonado ya casi puede manejarlo en su cabeza para que jamás vuelva a doler.
Ya no es recuerdo, por fin, sino idealismo; y, como tal, inalcanzable, inabarcable. No hay nadie, no habrá nunca nadie que pueda llegar a los límites que él mismo se dispone, para que no vuelva a repetirse el daño que le hicieron.
Nadie. Ni siquiera yo, que fui, en un tiempo pasado, aquel recuerdo insoportable.
20 de diciembre de 2007
DE PRIMERAS, SIN SEGUNDAS
Ausente.
Como el mar; ausente. Como la horizontal; ausente. Como la sombra de mi alma, o la proyección de mi llanto; ausente.
Ausente, el mar se apresura al canto; el agua infectada se apresura a la alcantarilla; la lluvia se apresura a pinchar la tierra. La tierra, como un desierto de clavijas; ausente.
En el sótano de la Tierra la luz, ausente, describe una espiral de amalgamados negros. La promesa, ausente, sueña con una gama de cumplimientos, y asiente.

Ausente, me muerdo el labio ausente con el diente y me hago sangre. Me dibujo una letra con el filo de una cuchara ausente; me enfilo en una cucaracha asombrada, y me encamino, sobre su sombra, a la cloaca ausente, a vomitar mi mitad.
Me abro a tal remedio ausente, y recibo el embalaje como presente. Ausente, como el título de mi pasado, me acurruco en presencia del paquete ausente. Y fumo un puro en forma de futuro, para humear y no mear la ausencia, vomitada.
Doy una vuelta en torno a las ausencias, para abrir los ojos ausentes y desencontrarme boca abajo. Encuentros de ausencia en los asfaltos ausentes, saltando el agua que apresura su escondite.
Ausente, como el silencio multitudinario, como el grito individual, se siente el viento que abanica el presente. Se presiente la lluvia, se predispone el sufrimiento ausente. Y la gente, ausente, llora para llorar de nuevo, cuando envejezcan una ausencia.
Ausente, como lo cierto de la ausencia, como el vacío presencial, como el esencial navío que nos rescate de la vida, para liberarnos con la muerte. O con la ausencia.
Con la venia del verdugo, al yugo doy mi vena ausente y desgraciada. Porque desgraciado soy con ganas, y ganas son las que me engañan a vivir, de cuello de botella para abajo, en un abrir y cerrar de ausencias
Vivir ausente, entre tanta vida. Ausente, como el mar, como la coherencia. Como la herencia de la ausencia: como el beberse el alma sin que te pidan “sal”.
Ausente, ausente. Se siente. Barrotes de quijote, y la clavija ausente, desde la frente hasta el cogote.
Ausente como la suma, como el sumando, inconsciente, apuntándome a la nuca. Ausente como apostarlo todo al nunca, como bajar un puesto, siendo el último. Ausente, como un momento. Como un memento de recuerdos, eternos a la par que en ciernes.
Ausente, como detrás de un par de réquiem, para requerir un doble de presencias. Como un «siempre» de medianoche, en medio de una lente.
Ausente, como siempre. Ausente.
13 de diciembre de 2007
VOLANTES
Después de casi cinco años escribiendo, he de decir que cada vez que me siento delante de la hoja en blanco, me da más miedo abrir el bolígrafo y comenzar a escribir. No importa que sea espontáneo o medido, no importa que sea un arrebato o una deliberación, que sea prosa o verso, ficción o realidad. Todas esas opciones son matices de la misma cosa, y en la misma medida todas ellas me aterrorizan de la misma forma; porque uno tras otro, más tarde o más temprano, mis escritos terminan persiguiéndome.
Una, dos, tres, muchas veces ha saltado a la palestra, desde detrás de la conciencia, una frase, un fragmento, un poema escrito tiempo atrás, que me ha hecho ver que, por alguna extraña razón, lo que me pasaba en el momento concreto, en realidad ya había sido escrito en el pasado. Y quien lo había escrito era yo mismo, de hecho.

No es que crea en destinos ni en videncias que poseo, ni en esoterismos que conozco, pero el scripta manent cada vez me impone más, no por sabio sino por augurador. Así sucede que, por capricho de las musas, en un momento dado, me viene en mente esta historia, esa situación o aquel sentimiento; y yo obedezco, escribo, guardo; y el resultado reposa. En el confín de la memoria a largo plazo, reposa; para que, una vez llegado el momento, salte al ruedo por sorpresa y, mirando exactamente en mi dirección, me suelte con desdén: “te lo dije”.
Atolondrado, disperso, me percato entonces de que ha sido el toro el que me ha pillado a mí por los cuernos. Me malhiere, pero no en la piel ni en el corazón, sino en el orgullo.
“Te lo dije”. Una parte de mí se rebela, me humilla, me resigna. Me oprime las venas de los dedos que escriben, y de las neuronas que unen forma y contenido en clave de palabra; y yo no puedo hacer nada.
Miedo, casi pánico me da escribir. Porque yo he escrito sobre muchas cosas, demasiadas sobre mí, y demasiadas demasiado tremendistas. Y, por regla general, aquéllas que lo son un poco menos, de simples versos u oraciones hiladas, muchas se han convertido en profecías sin que yo lo supiera ni lo pretendiera. Peor aún: ¿y si alguno de esos horrorosos augurios que tengo archivados también llega a cumplirse?
Hoy, de nuevo, tenía que escribir; pero me he sentido tan sojuzgado por el desaire de scripta a volar, que he procurado no decir nada sobre lo que tenía que decir. Ojalá, allá por las aristas del viento, la noche deje hecho polvo mi motivo. No como las tristezas de las que escribo, sino como las alegrías de las que hablo.
10 de diciembre de 2007
6 de diciembre de 2007
FORLIVESE III
Pocos minutos después de iniciar diciembre, descubrí que el mojo canario me sabe a Londres.







